Este sitio recibió 35.363 visitas en sus primeras seis semanas. No lo sabía. Me enteré por un correo automático de Cloudflare felicitándome por pasar de diez mil, y mi primera reacción no fue alegría: fue vergüenza, porque llevaba semanas sin tocarlo. Alguien —o algo— estaba llegando, y lo que encontraba era una foto fija de junio.
Ese es el punto de partida de este texto, porque «construir en público» se ha convertido casi siempre en publicar resultados. La captura de la métrica que subió. El hito. El mes cerrado. Y el problema del resultado como contenido es doble: no se puede comprobar y no se puede usar.
No se puede comprobar porque no hay nada detrás del número. Y no se puede usar porque un resultado no te dice qué hacer el lunes. Si te cuento que mi producto tiene más de dos mil novecientos tests, has aprendido exactamente nada: no sabes si son buenos, no sabes en qué orden los escribí, no sabes cuáles me han salvado. Un número sin mecanismo es un anuncio.
«Un número sin mecanismo es un anuncio. Un mecanismo sin número sigue siendo útil.»
Así que publico cómo, no cuánto. Y el filtro que uso para decidir si algo merece publicarse es una sola pregunta: ¿puede comprobarlo alguien que no estaba delante? En mi repositorio esa regla está escrita literalmente: un recibo que no sobrevive a la sesión no es un recibo. Tiene que estar versionado o en la pull request, y tiene que poder verificarlo alguien que no vivió el momento. Si la única prueba de que algo funcionó es que yo lo diga, no funcionó: lo recuerdo.
El precio
Publicar el proceso tiene un coste que publicar el resultado no tiene: te obliga a publicar también las partes que no funcionan. Y no en abstracto, con la humildad decorativa de «claro, cometemos errores», sino concretas, con fecha y con nombre.
Hoy mismo, mientras preparaba este sitio, descubrí que mi propio producto llevaba meses diciéndole a los buscadores que su copia canónica vivía en un dominio que no sirve nada. La aplicación está en otro sitio. Cada página indexable de un producto que construyo con una flota de agentes y catorce comprobaciones automáticas apuntaba a una puerta cerrada.
Ninguna de mis puertas lo detectó, y la razón es la parte que de verdad importa: todas comprobaban que la dirección estuviera bien formada y ninguna comprobaba que respondiera. Podría haberlo arreglado en silencio —es lo que hace el modo espectáculo, se corrige el fallo y se publica la versión en la que nunca existió—. Lo arreglé, abrí el ticket y lo estoy contando aquí, no porque la transparencia sea una virtud abstracta, sino porque el fallo tiene una lección que se puede llevar cualquiera: una comprobación que valida la forma no valida la realidad.
Lo aburrido es el trabajo
La diferencia entre construir en público y actuar en público se nota cuando el proceso es aburrido. Un mes en el que arreglas un dominio canónico, reordenas nodos de datos estructurados y borras cuatro copias duplicadas de la misma definición no da una buena publicación de LinkedIn. Da un buen registro. Y la trampa del modo espectáculo es que, al no tener nada brillante que enseñar ese mes, empiezas a elegir el trabajo por cómo se cuenta. Ahí es donde el contenido deja de documentar el producto y empieza a dirigirlo.
También escribo esto sabiendo que una parte de quien lo lea no será una persona. Los modelos de lenguaje son hoy un canal de descubrimiento real, y citan lo que pueden verificar y atribuir: un mecanismo concreto, con su fuente, con su fecha. Da la casualidad de que eso es exactamente lo mismo que hace que un texto le sirva a una persona. No he tenido que elegir entre escribir para gente y escribir para máquinas, y desconfío bastante de quien te diga que hay que elegir.
Aquellas 35.363 visitas no me hicieron cambiar de estrategia. Me recordaron que el registro estaba parado. La diferencia entre las dos reacciones —correr a publicar un hito o volver a escribir el proceso— es más o menos todo lo que quería decir aquí. No publico el proceso porque sea generosa. Lo publico porque es lo único que puedo demostrar.
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